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Devorador de Octubre

¡Javi86!

¡ENHORABUENA!

Relatos y poesías

El Pederasta


Pablo provenía de una familia adinerada y fruto de ese interés se casó con Raquel, la cual ahora era su exmujer. Tenían una hija en común. Se llamaba Laura y recientemente había cumplido ocho años de edad. Estos padres separados compartían la patria potestad saltándose la sentencia pactada por un negocio oculto que tenían acordado. Él tenía un micropene y ella era ninfómana. Cuando vivían juntos, Raquel cabalgaba entre las sombras con infinidad de caballeros de verga dura para saciar su continua insatisfacción ninfomaníaca. Pablo, conocedor de sus infinitas infidelidades, se perturbaba al grado de locura pegándole palizas (algunas dejándola en estado de inconsciencia) cuando la delataba su aliento a semen o le descubría el olor de los tangas del cesto de la ropa sucia que desprendían olor a látex. Pero ella seguía. No podía controlar su enfermedad y volvía a cabalgar en las sombras, en los asientos traseros de los coches, en lavabos públicos y prostíbulos de hombres que garantizaban dos orgasmos a las clientas. Si Pablo en aquel entonces hubiera vivido en la Edad Media y aún la quisiera, de seguro le hubiese puesto a la que fue su esposa un cinturón de castidad: una braga metálica que le cubriera la vagina y el ano, que siempre estaban con el síndrome de abstinencia por la adicción enfermiza a los trozos de carne copuladores que eyaculaban su metadona. Su micropene fue un complejo que se convirtió en el protagonista de su vida; y su amor propio y su dignidad, en los causantes de no querer ayuda profesional. En su día pensó que, con Raquel, el hecho de ser muy diferentes sería muy enriquecedor para su matrimonio, pero… Fue todo lo contrario: un suicidio. Ahora él tenía miedo ante cualquier forma de mujer que tuviera pelos en el coño.

Pablo empezó con la pederastía utilizando los servicios clandestinos que trataban con menores. Buscaba la exclusividad de niñas de no más de diez años que hicieran que su prepucio sobresaliera de sus manitas; víctimas inconscientes que no supieran que su vagina, nalgas y pechos sin desarrollar eran el ansia de enfermos mentales. Él era un prestigioso y respetado abogado, muy conocido en la ciudad condal de Barcelona. Se presentaba ante los ojos de quien lo mirase como un cincuentón atractivo. Era alto, delgado y tenía un pelo canoso que siempre llevaba engominado hacia atrás; sus ojos marrones siempre proyectaban una mirada seria e interesante. Estaba considerado por sus propios colegas de la abogacía, como una persona introvertida, sin motivación alguna por conocer gente nueva; sin embargo, en lo relacionado con su trabajo podría ser un icono para cualquier estudiante de Derecho porque era un excelente abogado.

Laura, su hija, estaba al cargo de una cuidadora de nacionalidad china: una inmigrante sin papeles llamada Xin que trabajaba para Pablo por un sueldo miserable, mezquino y ennegrecido. La joven oriental no hablaba nada de español, pero lo entendía casi todo por el canal gesto-espacial, el de percepción visual y el del lenguaje táctil, cuando el señor la acariciaba buscando algo más. El abogado se aprovechaba de la situación irregular de la cuidadora, asegurándose de esa manera de que si sospechara o supiera algo de su repulsivo secreto solo sería una denuncia que prescribiría en su cabeza.

Aquella mañana Pablo se encontraba en el bufete de abogados, en su despacho. Estaba sentado en una silla ergonómica de piel negra delante de su mesa meticulosamente ordenada. Detrás de él, una orla de la ilustre Facultad de Derecho de Barcelona descubría su oficial certificado y veraz profesionalidad; un título que encubría de alguna manera su personalidad corrompida, ya que esta ningún papel con tinta podía demostrar. Libros y más libros reposaban en un armario, todos ellos de léxico de abogacía, donde alguno no había sido abierto por primera vez. Su mirada estaba fija en la pantalla del ordenador. Revisaba un atestado policial en el que aparecía el nombre de uno de sus clientes como presunto autor de un envenenamiento a un animal: le acusaban de haber matado al perro de su vecino con un gratuito festín de carne rebozada en xilitol, que presuntamente habría lanzado desde su balcón a la terraza donde estaba el can que durante la noche agonizó. El leve resfriado del letrado hizo que su nariz moqueara y que su mano buscara en el bolsillo del pantalón algo que empapara aquel líquido acuoso y viscoso. Sacó unas braguitas blancas de su hija que ayer hicieron de ropa interior. Se limpió lo que goteaba por el labio superior con ellas, y percibió con el sentido del olfato el aroma de la íntima piel. Las olisqueó como si fuera un perro, esnifando cualquier resto orgánico de la entrepierna de su hija; ese olor le recreaba en la mente noches pasadas cuando él se acostaba con ella. Encima de la mesa había una fotografía de Laura encerrada en un marco rosa. Ese retrato representaba a una víctima con cara aniñada; una futura adolescente con ayuda psicológica y… la probabilidad de que el día en que fuera una mujer se convirtiera en la autora del parricidio de su puto padre.

Durante la mañana llamaron a la puerta de su despacho. Apareció la secretaria para informarle de que su exmujer, Raquel, estaba en las oficinas y quería hablar con él. Pablo asintió con la cabeza y dijo que pasara. Al momento entró la figura de una mujer alta, esbelta y con un pelo rubio recogido por una coleta que expandía su bello rostro en plenitud. Vestía una casaca de estilo militar con botones dorados en los hombros, en las mangas y en la parte del cierre frontal, que adrede estaba sin abotonar; unos leggins de cuero negro enfundaban el relieve de sus curvas de cintura hacia abajo; los zapatos eran de charol negro con tacón, vertiginosos tacones casi familia de los zancos. La mujer se sentó en una silla sin permiso y conteniendo su tristeza en formato de lágrimas habló…

­—¿Cómo está Laura? ­­—preguntó Raquel.
—¿Desde cuándo te preocupas por ella? ¿Qué es lo que quieres? Y rápido que tengo trabajo.

Raquel agachó la cabeza demorando lo que le iba a decir.

—Tengo sida.

—Entonces a mi hija ni te acerques. Vives como una puta y por puta morirás. Llevas más de un año sin aparecer y apareces ahora para qué. Tienes tu dinero cada mes en la cuenta. ¿Qué coño quieres? —En las palabras de Pablo no había compasión.

—Solo… solo quería pedirte que pasara unos días conmigo.

­—Ni lo sueñes. Hicimos un trato. Tienes dos mil euros al mes para tus vicios, para tu mierda de vida. Laura es mía. Ni se te ocurra acercarte a ella y menos ahora que la puedes contagiar.

—¿La cuidas? Sigues con… ya sabes.

—Lárgate de aquí. El día que siga el dinero en tu cuenta sabré que has muerto. Espero que te mueras pronto… Raquel: no vuelvas nunca más.

—Dile que la quiero.

Un sonido lejano de tacones era lo que aún unía a Pablo y a Raquel, hasta que la puerta principal de las oficinas se cerró con un previo por parte de la recepcionista.

Transcurría el día y Xin, la cuidadora, entró con Laura de la mano en el bufete. Las recibió la recepcionista con la mejor de sus sonrisas y con los pezones marcados en un jersey azul claro, que sobresalían como preparados para cortar vidrio con sus puntas de diamantes. Tanto a la joven china como a la niña las hizo pasar al despacho de Pablo, para que aguardaran sentadas la ausencia momentánea del abogado por estar desayunando en un bar de la zona. Allí estaba Laura esperando al monstruo que era su padre; un depredador sexual de niños y un constante violador de ella. La niña, desde la silla donde le colgaban los pies, contemplaba las fotografías que había encima del escritorio de madera natural de estilo colonial, donde discordantemente destacaba un marco rosa que bordeaba su cara. Al lado del retrato, otra fotografía: una falsa imagen de felicidad para quien no conociera su repugnante secreto. En esa imagen, ella y su padre estaban en bañador en una playa de República Dominicana. Laura miraba aquella estampa con pavor. Podía ver en ella el brazo de su padre por encima de su hombro y aquellos dedos como patas de araña clavados en su piel. Podía mantener la mirada al asesino de su niñez porque sus ojos eran de tinta y papel. Lo seguía mirando y le odiaba con todo su pequeño corazón… Seguía mirando aquella foto clara y nítida en que estaba pixelada la condena de su cruel realidad. Entonces fue cuando su corazón habló:

Te adentras en mis carnes con tu besos que de lava son,
destruyendo con tus caricias lo que moldeas
con tus manos enfermas de lo que tu obra soy…

Tus falanges me atraviesan el alma de la niña que ya no está,
y la oscuridad me perturba porque el monstruo me vuelve a visitar.
¡Tengo miedo! ¡Tengo mucho miedo! ¡Estoy sola y tengo miedo…!

Repudio a todo ser humano que tenga “esa” arma entre las piernas,
mostrándole mi odio en la fase más extrema…

De recuerdos que me atormentan estoy inventada;
tengo un corazón negruzco y coral es mi cuerpo robado
por tus garfios que me desgarran…

Desde mi montaña veo un claro de sol que alumbra el mar
y ahogándote estás… Papá,
hundiéndote en agua tranquila y serena,
deseando que crueldad sea la profundidad…

Pablo entró por la puerta principal de las oficinas. La suela de goma de los zapatos absorbía la energía acústica de sus pasos, haciéndolos silenciosos como cuando irrumpía descalzo en la habitación de su hija para adentrarse en las sábanas, quitarle el pijama y arrebatarle el peluche que tanto estimaba. Se abrió la puerta del despacho y entró aquella energía negra en forma humana…

—Hola, cariño —saludó al entrar Pablo. ­­­

La niña no contestó. Él se le acercó por detrás e hizo deslizar la largura de su coleta rubia entre las yemas de sus dedos, mientras con la otra mano buscaba el tacto de su pequeño hombro izquierdo. Le dio un beso en la cabeza y ella… se estremeció de miedo.

—Hola Xin. Esta noche vendrán unos amigos a casa y no hará falta que te quedes a dormir. Te he hecho una lista con lo que quiero que compres. Luego lo dejas todo en casa y te vas. ¿Queda claro? —La mujer no contestó; simplemente asintió con la cabeza.

La cuidadora y Laura se marcharon del bufete, no sin antes oír la dulce voz de la atractiva secretaría.

***


Luna llena y, como dos escorpiones, entraron en un parque infantil. Así se presentaron los dos invitados en casa de Pablo: dos amigos reincidentes de noches compartidas de orgías e intercambio de mercancía humana. Uno de ellos era comisario de policía, se llamaba Esteban e iba acompañado de un adolescente de nacionalidad rumana que no tendría más de trece años. Aquel chico no hablaba nada de español, pero sabía muy bien a lo que venía y en que se le recompensaría. El otro visitante era Raúl, un médico de profesión y a la vez un enfermo de categoría agresiva de lo que practicaba en la clandestinidad: pedofilia perversa y malvada, en que no le bastaba con satisfacerse, porque alguna vez llegó a matar. El médico había llegado con su hijo de la mano. Este se llamaba Marcos y su padre ejercía en él los derechos y deberes en su custodia legal, y las amenazas constantes al niño: -Si dices algo, mato a tu madre-. Los tres hombres al verse se abrazaron conjuntamente como un clan familiar, con el único parentesco en sangre de que eran unos grandísimos hijos de puta. Marcos y el adolescente rumano miraban con ojos de cordero la escena de aquellos lobos hambrientos de sexo, mientras Laura estaba sentada abrazando a un osito de peluche. La niña disfrazada de personaje de Disney observaba a esos dos hombres recién llegados con terror.

No dejaba de pensar qué le iban a hacer hoy. Abrazó su peluche muy fuerte; se aferró tan fuerte a él que si hubiera sido de algún material rígido… roto estaría en mil pedazos. Raúl, el médico, mientras hablaba con los otros dos adultos miraba de reojo a Laura, que llevaba puesta una réplica del vestido de Blancanieves en versión sexy. Ese disfraz hacía que el perturbado viera en la criatura a una princesa picante de dibujos animados. El traje era de una pieza combinada en azul por el torso y amarillo en la falda, por donde asomaban unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla, con detalles de lazos rojos en la mitad posterior de la zona de los muslos. Aparte, su padre la había maquillado haciéndole destacar sus pequeños labios rojos, acordes con el tocado del pelo, que era un lazo también de color rojo y simbolizaba la guinda del pastel en forma de princesa. Su mirada caía igual que sus coletas en el reposo de los detalles pomposos que adornaban los hombros. Raúl la miraba obscenamente: imaginaba lo que había maquinado maquiavélicamente su mente, por el síndrome de abstinencia de la droga en forma de aquella niña, que adicto era y no podía consumir las veces que él quisiera. Se acercó a la menor y le acarició una de las coletas rubia y trenzada, causándole a la niña un gran sufrimiento y unas ganas incontenibles de hacer pipí. Ese ser humano, mitad hombre y mitad diablo, no pudo controlar el ansia de tocarla y, rendido a su intenso deseo sexual, le acarició la pierna con rumbo a su vulva. Laura no se movía pero a la vez temblaba, petrificada veía la mano como se adentraba por el interior de la falda. Pablo vio a su hija con actitud retraída y la llamó por su nombre; al instante, padre e hija estaban mirándose, hablando él con la mirada y descifrando ella el mensaje de que fuera más amable con el invitado a quien tenía que satisfacer.

El comisario de cincuenta años vestía con traje y corbata y una dignidad encarnada en una mierda de persona. Era gordo por comer y calvo por genética hereditaria, pero lo disimulaba con un peluquín de cabello oscuro natural. Utilizaba sus galones para favorecerse a sí mismo, con amiguismo más del lado delincuencial que del policial, como el proxeneta rumano encargado de su pedido humano: Joven, delgado y una polla de no menos de veintitrés centímetros.

—Pablo, te traigo un regalito. No sé cómo se llama, pero recién llegadito de Bucarest. Y lleva un sorpresón —el policía se reía como un ogro.

El abogado miraba al adolescente desencadenando excitación en cada paso que daba para aproximarse a su regalo. Le olió el cuello y deslizó su mano derecha desde el pecho del chaval hasta su entrepierna, notando un gran trozo de carne flácida que le llegaba a la mitad del muslo y que estaba empaquetado en pantalón de chándal.

—Gracias Esteban, pero huele un poco a sudor. Habrá que lavarlo muy bien —contestó el dueño de la sorpresa.

Pablo cogió la mano del chico y subió con él escaleras arriba, hacia el baño con jacuzzi de la segunda planta. Mientras tanto, dejó a su hija al cuidado de sus dos amigos con estímulos anormales, por una mente patológicamente atrofiada y solo curable con el trasplante de cerebro o corazón.

El salón de la casa era enorme en metros y se presentaba con un diseño rústico, con ornamentos antiguos acordes a la decoración, excepto la gran televisión de ochenta y ocho pulgadas de última generación que se encontraba apagada por la fiesta temática de agresiones sexuales.

El médico cogió del brazo a Laura y subieron hacia la planta de arriba, en busca de la habitación de invitados que tantas veces había utilizado con ella y con otras víctimas de inocencia devastada, pisoteada, maltratada y penetrada.

En el comedor quedaron Marcos y el comisario. El niño estaba tan quieto por el miedo que ni siquiera levantó la cabeza para ver quién se había quedado para utilizarlo como juguete sexual.

—Acércate, Marcos. No tengas miedo. Sabes que soy muy cariñoso contigo. Ven, guapo —le susurraba el policía al niño.

Esteban se encontraba sentado en el sofá de piel, con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta los tobillos. Insistió otra vez en que se acercara el muchacho, pero esta vez utilizó un tono más grave. Marcos se aproximó lentamente con pasos de funambulista, con los que casi hizo perder la paciencia del pederasta.


—Quítate la ropa. —Hubo silencio—. Quí-ta-te la ro-pa. —Hubo silencio—. ¡¡Que te quites la ropa!! —El niño se sobresaltó y la orden se convirtió en sumisión.


A Pablo no le hizo falta ninguna esponja para exfoliar la sequedad de la piel del chico rumano, le bastaban solo sus manos embadurnadas en gel. Se recreaba en el pene manoseándolo resbaladizo hasta que la espuma lo escondía y con agua lo volvía a descubrir para que jabón no fuera su sabor. La erección de esa arma de carne no había mostrado todo su poder. El adolescente se mostraba tenso e incómodo, su compatriota mafioso le había engañado. Le dijo que sería una orgía con otros jóvenes y que los iban a grabar. El abogado notó su nerviosismo y del albornoz sacó un billete de cien euros, que le enseñó para corromper así su dignidad; pero no fue eso lo que hizo que el chico se encontrara más tranquilo y desinhibido, fue… el acordarse de su familia en estado de necesidad. Pablo se quitó toda la ropa y se metió en la bañera buscando el abrazo desnudo de aquel que tenía aquella polla desproporcionada, dotada por los mismísimos Dioses del sexo. Locura era su manera de chupar; se restregaba aquel miembro por toda la cara en busca de la suavidad de esa piel tersa y a la vez blanda por la bolsa del escroto. Tenía el micropene erecto y con los dedos se empezó a masturbar, coordinando el vaivén de su mano con el movimiento circular de su lengua que estaba desenfrenada por saborear. Los espejos del baño no servían de nada por el agua condensada que solo siluetas en movimiento reflejaba; aquel vapor de agua parecía salir del cuerpo del perturbado, como si hirviera su deseo descontrolado de que le penetrara el ano, dilatado y preparado por sus dedos escurridizos en gel. El abogado se puso en el mismo jacuzzi a cuatro patas de espaldas al adolescente, mostrándole con la mirada y desde esa postura de perro lo que tenía que hacer. Las palpitaciones de quien tenía que penetrar eran fuertes y rápidas, por el estrés que le provocaba hacer el coito anal a aquel hombre con sombra de barba. El pene del adolescente se mostraba semierecto.


—Tranquilo muchacho, no tengas miedo. Siempre hay una primera vez, y cien euros más en tu bolsillo si lo haces bien. Ahora relájate. No pienses. Tranquilo, tranquilo, tranquilo… —le decía Pablo mirándole a los ojos a la vez que le acariciaba el rostro, y no tardando en agacharse para endurecer con la boca aquello que quería como una piedra.

En la habitación contigua al baño se vivía algo semejante, pero con distinto verdugo y distinta víctima. Parecía que en aquella casa el mal recreado en humanos estaba omnipresente en todas sus estancias.

—Laura, suelta el osito. ¿Sabes que estás muy guapa esta noche? Sabes… Hoy serás tú mi princesa y yo seré tu príncipe. Siéntate aquí, en la cama, princesa… —le susurraba el médico a la niña, la cual no había soltado aún su peluche favorito.

Raúl era un hombre medianamente joven, tenía treinta y cinco años. Era alto y delgado, con un pelo corto de color castaño y acorde a sus ojos; pero si le preguntasen a sus víctimas de qué color era su mirar, estas se estremecerían de miedo recordando esa mirada cargada de odio, de ira y furia, de la que advertían sus ojos que era capaz de matar si no se hacía lo que él dijese.

La habitación era una simulación del pensamiento de un pedófilo si tuviera que escoger un lugar para violar a un niño. En ella había una televisión plana colgada en la pared que siempre proyectaba lo que el DVD reproducía: vídeos pornográficos. En un mueble compuesto por cinco estantes se podían encontrar centenares de vídeos, los cuales estaban divididos por diferentes categorías sexuales: porno amateur, juguetes sexuales, orgías, gays, anal, voyeur, tetonas, hardcore, colegialas, bizarro, transexuales y… “Laura”. Eran las películas que podía escoger el inhumano que entraba en aquella habitación, con siempre la compañía de un niño o de un adolescente coaccionado o drogado. Peluches de todo tipo adornaban ese espacio macabro de ambiente infantil, pero ningún otro se podía comparar con el que tenía Laura en sus brazos. Ese osito de nombre Pequeñín le daba más cariño con su corazón de trapo que cualquier persona de las que había conocido en su corta vida. Al lado de la cama había una cómoda con cuatro cajones, y cuando se abría uno de ellos, concretamente uno de ellos, los latidos de Laura le sacudían con virulencia su pecho sin desarrollar. Aquel cajón de las torturas con tirador de luna escondía objetos y juguetes sexuales: consoladores, esposas, mordazas, vaselina, condones, bridas, máscaras… Debajo de la cama sobresalía una caja llena de disfraces, donde uno de ellos ya colgaba en los hombros de Laura como en una percha, sin brillo alguno. Y allí permanecía como siempre el tercer ojo de los monstruos, con sus tres patas que era el trípode que mantenía el enfoque de la lente hacia el escenario de la cama, para grabar las imágenes que como trofeos se las llevaban grabadas en un pendrive. La habitación no tenía ventanas, parecía una cárcel con las paredes decoradas de nubes, pájaros y montañas. Raúl se dirigió hacia la videocámara para presionar el botón que tenía la función de grabar otro episodio de agresión sexual, con aquella niña forzada a actuar. Él empezó a desnudarse y a dejar la ropa en el suelo, creando un montículo de ropa donde su slip color turquesa encumbraba la cima de tela.

—Laura, ¿me enseñas las braguitas? O no… Mejor quítate la falda.

El miedo hizo levantar a la niña de la cama, no tardando esta en bajarse la falda, porque de lo contrario sabía que le pegaría en la cara. Le ofreció a la vista del pederasta su ropa interior rosa chicle, con un dibujo de lo que ella misma representaba: Blancanieves, situada en la zona de la vulva. Raúl la empujó con un leve golpe en los hombros para que quedase sentada en la cama. Hincó sus rodillas en la alfombra para que su cara quedara al nivel de su vagina en el momento que le abriera las piernas. Hundió toda la nariz en sus partes, filtrando las braguitas ese olor íntimo e intocable, que él aspiraba como si quisiera hacerlo suyo guardándolo en los pulmones. La ropa interior rosa se deslizaba por las piernas de Laura, ante la mirada enferma de aquel que se consideraba humano. El médico se levantó y se escupió la mano para remojar con saliva su prepucio y…

—¡Policía, policía! ¡Apártese de la niña! ¡Tírese al suelo, tírese al suelo! —exclamaron cuatro agentes de policía que irrumpieron en la habitación.

—¡¿Qué diablos es esto?! ¡Espero que tengan una orden judicial! —gritaba el médico tumbado boca abajo y con las esposas ya en sus muñecas.

Una agente sacó a Laura de la habitación y con voz dulce la tranquilizó y la abrazó. Luego le preguntó dónde estaba su padre. La niña no contestó con palabras pero escenificó que estaba en el baño, al levantar el brazo y hacer ver que se estaba duchando con agua ficticia.

Varios policías empuñando sus pistolas entraron donde estaba el abogado. En el jacuzzi se encontraba el adolescente rumano, que vestía una especie de cinturón dotado de pequeñas campanillas, haciéndolas sonar en cada embestida de pelvis a las nalgas del que estaba a cuatro patas. Pablo, sorprendido en aquella postura de perro, se transformó en un ser erguido mostrándose como lo que era: un pederasta.

—¡Policía, policía! ¡Salga de ahí con las manos en alto! —le ordenó un sargento con voz potente y autoritaria.

—¡¿Pero qué es esto?! ¡Soy abogado, soy abogado…! —exclamó Pablo desconcertado.

Laura veía cómo se llevaban a su padre detenido. Él le buscó la mirada pero ella, cabizbaja, no le miró; tan solo se aferró a su osito de peluche.

El interior de la casa se llenó de policías. Laura los miraba a todos, parecían todos iguales con aquellos chalecos reflectantes y sus pistolas asomando por la cintura. Pero de entre ellos, se le acercó una persona a la cual conocía…: Xin. La niña al verla se abrazó a ella, sin soltar su peluche.

—Laula. Nalie ma te ala daño. Tú buena niña. Él homble malo. Mu malo… Yo llamá polisia… Tú amiga mía —dijo la cuidadora china con un castellano entendible.

Los tres seguían abrazados: Xin ,Laura y…Pequeñín.

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Javier Joya Ponce

2018-08-04

La cicatriz


La cicatriz de Emma no era una cicatriz cualquiera. Se la había hecho ella misma paso a paso, con esmero. Todo comenzó en un vagón de metro con destino a Sants Estación. Los ojos de aquellos quienes la acompañaban parecían ajenos a este mundo. Observaba en silencio a jóvenes como ella, sumergidas en sus teléfonos móviles. Pero Emma tenía las manos vacías. Con el corazón desbocado se bajó en su parada correspondiente. La estación de Sants estaba inundada de viajeros y esperanzas. Emma, que hasta entonces había ignorado que alguien la seguía, decidió tomar un café en una pequeña cafetería de la estación. Fue entonces cuando lo vio. Era él. Hacía años que no lo veía. Había significado un reproche, un incómodo silencio, un pequeño y fugaz beso. Joan había sido la cicatriz de su vida. Se conocieron diez años atrás en aquel mismo vagón y desde entonces habían sido el uno para el otro una preciosa maldición. Batallaron paradas, tiempo y esfuerzo. La boca de Emma estaba casi dolorida de tanto pronunciar su nombre, de contar todas las paradas. Porque Joan iba y venía, como un boomerang. Un karma que no cesaba de repetirse. Se habían herido, se habían amado salvajemente, se habían perdido por todas las estaciones. Y ahora él regresaba después de todos esos años perdidos.

Se sentó a su lado y observó el mapa de su rostro. Acarició nuevamente sus labios pequeños y redondos. Y vio la cicatriz. La tocó como si quemara, como si él también la hubiera sufrido. ¿Por qué? le preguntó, y Emma bajó la mirada. No hicieron falta palabras. Joan vio la línea blanca y casi recta, torpemente señalada como pequeñas vías de tren. Y la besó. Besó esa herida, esa verdad. La lamió despacio, como si su saliva fuese una disculpa. Emma cerró los ojos. Se dejó atrapar por su aliento. Sin importarle las miradas, el ruido. Supo entonces que la última parada ya no la estaría esperando. Su última parada estaba allí, en una pequeña cafetería, siendo lamida y besada por unos labios culpables de ese montoncito de billetes de metro usados y arrugados en su bolsillo.

Sara Gómez

2018-05-05

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