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Relatos y poesías

La cicatriz


La cicatriz de Emma no era una cicatriz cualquiera. Se la había hecho ella misma paso a paso, con esmero. Todo comenzó en un vagón de metro con destino a Sants Estación. Los ojos de aquellos quienes la acompañaban parecían ajenos a este mundo. Observaba en silencio a jóvenes como ella, sumergidas en sus teléfonos móviles. Pero Emma tenía las manos vacías. Con el corazón desbocado se bajó en su parada correspondiente. La estación de Sants estaba inundada de viajeros y esperanzas. Emma, que hasta entonces había ignorado que alguien la seguía, decidió tomar un café en una pequeña cafetería de la estación. Fue entonces cuando lo vio. Era él. Hacía años que no lo veía. Había significado un reproche, un incómodo silencio, un pequeño y fugaz beso. Joan había sido la cicatriz de su vida. Se conocieron diez años atrás en aquel mismo vagón y desde entonces habían sido el uno para el otro una preciosa maldición. Batallaron paradas, tiempo y esfuerzo. La boca de Emma estaba casi dolorida de tanto pronunciar su nombre, de contar todas las paradas. Porque Joan iba y venía, como un boomerang. Un karma que no cesaba de repetirse. Se habían herido, se habían amado salvajemente, se habían perdido por todas las estaciones. Y ahora él regresaba después de todos esos años perdidos.

Se sentó a su lado y observó el mapa de su rostro. Acarició nuevamente sus labios pequeños y redondos. Y vio la cicatriz. La tocó como si quemara, como si él también la hubiera sufrido. ¿Por qué? le preguntó, y Emma bajó la mirada. No hicieron falta palabras. Joan vio la línea blanca y casi recta, torpemente señalada como pequeñas vías de tren. Y la besó. Besó esa herida, esa verdad. La lamió despacio, como si su saliva fuese una disculpa. Emma cerró los ojos. Se dejó atrapar por su aliento. Sin importarle las miradas, el ruido. Supo entonces que la última parada ya no la estaría esperando. Su última parada estaba allí, en una pequeña cafetería, siendo lamida y besada por unos labios culpables de ese montoncito de billetes de metro usados y arrugados en su bolsillo.

Sara Gómez

2018-05-05

Relato juevero (Ama de casa)


Treinta y seis años. Treinta y seis años de rutinas,
de discusiones, de desaires, de armarios vaciados.

Un beso de: buenos días amor,
otro beso de: buenas noches y a descansar,
que al día siguiente se ha de despertar a las seis.

A quien madruga Dios ayuda.

Pero a Mary nadie la ayudaba.

Los platos quedaban pendientes en el fregadero,
una montaña de ropa en la cesta,
y Mary sentía como todo se le venía encima.

Salía a comprar en el mismo supermercado una o dos veces a la semana,
y aprovechaba el tiempo libre para leer algún clásico o el periódico matinal.

Sin embargo, las noches se les hacía espesas,
como si en su garganta se acumulase todas las tristezas de los años.


Sigue leyéndolo en su blog...

https://piensoluegoexisto7.blogspot.com.es/2018/04/relato-del-jueves-pasado-ama-de-casa.html

Sara Gómez

2018-04-16