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El ataque de los tordos negros


Cuando tomaba el primer café de la mañana, parado en la entrada de mi casa, dos pájaros de los llamados tordos negros pasaron en vuelo rasante muy cercanos a mí. Siguieron de largo, envueltos entre giros y chillidos agudos y penetrantes, y regresaron con la misma disposición de caer en picada, como si aquella acción, los llevara a desahogar una rabia contenida a duras penas. El acto –deduzco– atrajo a otros tordos que llegaron, quién sabe de dónde, a juzgar por el coro de chillidos semejantes que se les unió y que me llevó a alejarme presuroso de esa zona de guerra, a todas luces, peligrosa; por la actitud agresiva de aquella parvada de lanzarse temerariamente, planeando sobre mi cabeza.
¿Qué había pasado para que actuaran así conmigo?
Con desesperación marcada, ladeando el rostro a diestra y siniestra y protegido desde el cortinaje de la ventana, busqué a ver si se debía a algún pichón que se hubiera caído. Fue lo que se me ocurrió, de primera instancia. Debo aclarar que en el pequeño jardín delantero de la casa, se yerguen dos imponentes cocales que sirven de refugio en lo alto, a un considerable número de diversas aves. Tomando en cuenta que es una zona urbana y en una ciudad extendida en su demografía. Pero no alcancé a ver ninguno de esa variedad. Por extraño que parezca, no comenté con mi esposa acerca del incidente ni con algún otro miembro de la familia y luego de tomarme el resto de café que me quedaba y que ya no me supo igual a los primeros sorbos, procedí a arreglarme para salir a cumplir con mi trabajo de todos los días.
Ese episodio mañanero, tal vez insignificante para muchas personas, me estuvo rondando todo el día de trabajo en la oficina. Cada vez que lo traía a colación, revivía la rutina que cumplía entre el momento de despertarme, con todo el ritual realizado en el baño, las necesidades fisiológicas, el aseo personal de rigor, la parada en la entrada de la casa a tomar el café, y el momento de abrir la puerta del estacionamiento, para salir presto con el automóvil a enfrentarme al mundo de embotellamientos, cláxones y frenazos que me hacían llegar a mi lugar de trabajo con las primeras dosis de estrés.
–Ramírez, estás muy distraído –me dijo la secretaria del jefe. Una señora ya entrada con mucho en los cuarenta y que por llevar más de diez años como asistente del jefe de personal y con la manía de poner cara de contrariedad o de burla o desdén, según fuese la primera impresión que causara aquel que venía a una entrevista de trabajo, se creía la pajilla que movía la bebida y con autoridad suficiente para llamarle la atención a algún empleadillo subalterno.
–Pero esta vez, tenía razón –me dije.
Me había pillado en una especie de trance, con la mente puesta en el ataque de los pájaros y sólo alcancé a escuchar su voz chillona (muy parecida a la estridencia de las aves, por cierto), cuando la tuve encima de mí. Esa voz, desde el primer momento en que entré a trabajar en la oficina, me pareció una especie de flauta desafinada y, con todo respeto, muy similar a la entonación que le dan a la voz que le hizo el doblaje al español a Meryl Streep en la película Julie & Julia, con Amy Adams, como coestrella.
Es bueno acotar, antes de proseguir el relato, que desde niño me había mostrado a favor del derecho que tienen los animales y las plantas de vivir y convivir dentro de sus respectivos ambientes que el planeta Tierra –el planeta de todos– había acondicionado para cada especie que lo poblaba. De hecho, cuando era estudiante de bachillerato, había participado en una jornada ecológica para conformar la arborización de un parque en mi región natal. Pensaba entonces que el árbol que había sembrado en esa jornada, podría servir de protección a toda persona que buscara resguardarse bajo su fronda extendida, como una carpa de circo, ante el choque del inclemente sol del verano llanero o para guarecerse de los torrenciales aguaceros que se mandaban durante la época de invierno sin aviso y sin protesto. Ese pensamiento adolescente, cuando cumplí mi jornada en el acto escolar, me agradó. Recuerdo eso.
A ello agrego también que, cuando asistía a las funciones que la sala de cine (el único cine de mi pueblo) proyectaba, las películas que más me entusiasmaban eran aquellas que mostraban grandes extensiones de bosques, con cabañas de madera y lagos cercanos, cargados de peces saltarines, y uno que otro oso husmeador de arbustos y alces nerviosos saliendo en estampida ante algún movimiento extraño en la arboleda, donde se desarrollaban las escenas. Claro, eran lugares demasiados lejanos y distintos a los sitios que me esperaban al terminar la función cinematográfica.
Ya después, cuando me llegó la edad juvenil, donde pude terminar el ciclo de bachillerato, me fui a estudiar a la gran urbe y me dejé envolver por otro bosque, pero de concreto, que era la ciudad capital. Sin embargo, siempre consideré la importancia que debía brindársele a las plantas y animales que compartían ese ambiente. Tal vez, porque era una especie de cuerda que me amarraba de alguna manera a mi terruño y me mantenía unido a él. Fue tanto así que, mis sitios de paseos favoritos, eran los parques y zoológicos, pocos, en verdad, con que contaba la gran ciudad.
Durante los primeros meses y creo que también los primeros años, esperaba la llegada de los fines de semana para salir hasta esos sitios de recreación, para el ciudadano de a pie, donde se iba a contactar con los animales colocados en ambientes muy inhóspitos, sin nada de comodidad o de alguna similitud con su lugar primario. Algo muy deprimente para los que íbamos con la intención de ver el desenvolvimiento grácil de los pocos que quedaban y en concordancia a sus hábitats. Esa costumbre se las legué a mis hijos. Me explico: al paso del tiempo, luego de una adaptación muy compenetrada con la ciudad, me casé y cuando los tuve, bueno, mi mujer, se entiende, los llevaba a cumplir la misma actividad que hacía de soltero, cuando era un recién llegado. Pero hacía tiempo que no íbamos, porque ya habían crecido y pareciera que, cuando se va dejando atrás la edad de niño, también se va dejando en el recuerdo el sentimiento de cariño y compenetración con la naturaleza y todo su entorno. Y, porque, hasta estos momentos en que estoy escribiendo el relato, no sabría decir si esos lugares, al menos, los parques de recreación, aún permanecen abiertos al público, ya que los zoológicos prácticamente han desaparecido, al morir los animales, unos por inanición y otros de tristeza al verse en esos encierros vergonzosos.
Cuando nos mudamos para la urbanización donde está la casa que ahora ocupamos, los hijos empezaron a dar rienda suelta a sus mundos particulares, donde la presencia nuestra, me refiero a los padres, se hace cada vez más incómoda, con todo y tener cada uno un espacio considerable por el área de extensión de la casa, incluso, hasta poder llegar a salir en el inicio del día a tomar el primer café matutino frente al jardín.
Los primeros años de matrimonio los cumplimos viviendo en un apartamento pequeño en el centro de la ciudad. Pero, luego de consolidar una férrea voluntad de ahorros mensuales muy estricta, por parte de mi esposa, y solicitados los créditos que el instituto de previsión social del ministerio otorgaba a sus afiliados, y después de cumplir con los trámites burocráticos engorrosos, pudimos comprarla. La adquirimos dentro de unas condiciones aceptables de créditos para viviendas y así nos fue entregada, para realizar el sueño de vivir en ella. Somos buenos vecinos, algo que cada vez se hace más difícil de encontrar en estos tiempos que corren, cuando el trato con las personas que conviven a nuestro alrededor, se limita a un saludo de cruces en las caminatas domingueras de la placita o en la compra del pan en el local del acogedor centro comercial de la zona. Solo sabemos que allí hay gente conviviendo el día a día por una razón un tanto desagradable: el sonido de la música de fin de semana que algunos colocan a altos decibeles de audición, debo decirlo.
Recuerdo que esto provocó un incidente que tuvimos con una vecina que por estar celebrando el día de su profesión, se soltó a colocar música a todo tren, sin pensar, digo yo, en que estaba perturbando el derecho de los vecinos a su alrededor a tener un poco de tranquilidad. Creo que en ese momento la frase de don Benito Juárez, “el respeto al derecho ajeno, es la paz”, no pudo ser más oportuna. Luego de una discusión un tanto acalorada, le bajó el volumen a su aparato de sonido y hasta el sol de hoy, no hemos vuelto a tratarnos. Es una pena. No obstante, seguimos considerándonos buenos vecinos porque sabemos lo que puede llegar perturbar o no, en nuestras actividades sociales, me refiero, cuando las hacemos, y aun cuando cada vez son más difíciles de programar. Ya la etapa de celebrar cumpleaños y bautizos y hasta los quince años de nuestras hijas, había quedado en el pasado. Ahora se impone recibir visitas de pretendientes, pero eso es otro cantar.
Esa noche, al llegar a casa, a pesar del cansancio del trabajo diario, hice algo que muy pocas veces hago. Salí al jardín, a ver si los pájaros andaban merodeando por allí. Sí, a esa hora. No recordaba que las aves, en la noche, se pierden de la vista del humano, para irse a pernoctar, quién sabe dónde. La ausencia de sonidos naturales me hizo ver que el ambiente nocturno citadino, en lo que a insectos, ranas y sapos, se refiere, es muy distinto al ambiente pueblerino, cuando la atmósfera nocturnal se llena de zumbidos, cantos y ruidos de muchos animales que conviven con el humano. Incluyendo el ritual del gallo madrugador, cuando se empieza a hilvanar la faena diaria. Pero seguía pensando en los tordos negros. Los kamikazes que me atacaron sin piedad a inicios del día.
Fue después, al acostarme, y luego de ese análisis concienzudo envuelto en aires nostálgicos, cuando conseguí la respuesta a la interrogante que me atosigaba. El sueño de esa noche me desveló el origen del misterio que se me había presentado durante todo el día. Como una ráfaga de relámpagos sucesivos, se me fueron apareciendo escenas y momentos de acciones y hechos que habían tenido que ver conmigo, en época reciente y en cualquier época pasada, porque cuando se sueña, el tiempo y el espacio se hacen cómplices de destellos que saltan de momento a momento, según sea la profundidad del sueño llevado o, debo decir, vivido. Y allí apareció la escena que había olvidado completamente.
Fue aquel amanecer de lluvia de fin de ciclo veraniego, que cuando cae, parece indicar la proximidad del cambio climático para dar entrada al período de invierno. Entonces vivía en el llano. Reviví esa escena con lujo de detalles. Apenas clareaba, cuando me asomé a la puerta de la calle de la casa paterna, para hurgar en el cielo gris a ver si la lluvia de la madrugada estaba por amainar o si iba a continuar con esa fuerza intacta para no dejarme salir a mis clases del liceo.
En ese momento me fijé en el piso del zaguán abierto al cielo que llevaba a la puerta de la verja que daba a la calle. Y allí estaba aquel pichón de tordo, acurrucado en pleno centro del pasillo y también estaban los pájaros negros adultos (los mismos de ahora, quiero decir, del mismo color), con sus chillidos comunicantes de alerta ante la llegada de un intruso. Se habían instalado en los cables de las líneas de electricidad que unen los postes de las calles, y con la amenazante vigilancia y la vista fija en el pichón sin plumas que abría el pico hacia arriba constantemente, me lanzaban llameantes ráfagas de ira desatada. Pensé entonces que, si no lo apartaba del camino, cualquiera que necesitara salir, iba a ser víctima de un furioso ataque incisivo por parte de los vigilantes, desde lo alto de los postes del alumbrado público.
Así que, tomé la decisión de colocarme un paño protector en la cabeza (protector del agua y de los pájaros), y salí volando, en sentido figurado, hacia donde se encontraba el pichón. Con el mismo impulso lo agarré y lo lancé hasta un tupido árbol de regular tamaño que estaba en la calle, muy próximo a la cerca de la casa. El ataque de los pájaros no se hizo esperar, a pesar de decirles en voz alta, para drenar un poco la emoción de la acción:
–¡Pero, si les estoy haciendo un favor! ¡Carajo! –Fue mi expresión sincera.
Debo señalar que el pichón desapareció en la fronda del árbol. Intuí que no había caído, sino que se había quedado sostenido entre el tupido follaje. De momento, estaba seguro en esa especie de nido improvisado. Mi sorpresa mayor fue al regresar a casa, después de haber asistido a clases. Los pájaros, al verme desde lejos, y no estoy exagerando, comenzaron a chillar, como llamándose entre ellos con aquella alharaca y me volvieron a lanzar un bombardeo incesante. Ese ataque se prolongó por varios días. Me consideraban –pienso yo– su enemigo; el que amenazaba a sus crías. Y eso fue todo. Al tiempo, la incidencia se me borró de la mente o, mejor dicho, se me guardó en un rincón y es solo ahora, cuando vino a salir, revelándose a través de un sueño.
Desperté sobresaltado, como cuando se está soñando en medio de esas pesadillas que se nos presentan después de metemos un atracón de cena. Mi mujer apenas se movió y creo haberle escuchado emitir un, ¿qué pasa? Después, sólo se escuchó el movimiento rítmico y sostenido de su sosegada respiración. Claro que es un eufemismo, para no decir sus altisonantes ronquidos, pero sin llegar ni de cerca al escándalo que hacían los tordos, no hay que ser. Salí de la habitación y me quedé en el sofá de la sala. Ya no volvería a dormir por esa noche. La preocupación del incidente revelado con los pájaros de aquel entonces me llevó a plantearme varias interrogantes:
¿Los pájaros, al menos, ese tipo de pájaros, pueden marcar a otro ser vivo para hacerles ver a sus semejantes que representamos un enemigo?
¿Esa marca es indeleble, es decir, no se borra en el futuro?
¿Pueden codificar en su genoma de herencia esa información dejada por sus antecesores?
¿Son vengativos?
Estas interrogantes surgieron porque sabía que dentro de la dinámica diaria, cuando las especies diferentes deben convivir entre sí para tener una mayor oportunidad de vida, los enemigos naturales se sostienen en la depredación de unos con respecto a otros, ya que el hombre es la única especie que puede ganarse enemigos gratuitamente entre su misma especie y entre otras especies. No recuerdo dónde había leído estas aseveraciones, pero se estaban cumpliendo en esta guerra declarada por los pájaros contra mí, desde ese preciso y remoto momento de mi adolescencia en que lancé a la desplumada cría hacia la fronda del árbol. Para salvarla, se entiende.
A la mañana siguiente, desperté con un desvelo de descanso incompleto y luego de cumplir con el trabajo de oficina, y ya instalado en casa, me dispuse a navegar por internet, buscando información que me llevara a las respuestas que deseaba hallar para las interrogantes surgidas del sueño vivido la noche anterior. Indagué en libros de ornitología, en libros que hablaban de comportamiento animal, en monografías acerca de la convivencia de equilibrio entre especies distintas, en libros de ecología y hasta pude dedicar un tiempo, por supuesto, en los siguientes días del hecho ocurrido, a ver cintas clásicas de cine como Los pájaros de Hitchcock y otras donde las aves convivieran en armonía con los humanos o donde se mostraban en abierta disputa con los demás entes del ambiente circundante. Pero no encontré nada que me pudiera llevar a alguna pista a fin de entender la actitud hostil de esos pájaros para conmigo.
Muy a mi pesar, reconocí que estaba perplejo ante esa conducta. Y, para ser franco, ignoro si para esos tordos negros estoy marcado por sus antecesores, pero sí sé que el grado de comportamiento de cada especie es más complejo de lo que se cree. Esa fue la conclusión a la que pude llegar. Todas las mañanas de esa semana, la situación se repitió sin variación, y lo más asombroso: sólo a mí me atacaban.
Deduje entonces que debía resignarme a vivir con esa animadversión.
–Verdaderamente, yo no sabía que ustedes eran tan rencorosos. Les pido perdón por aquel acto de antaño ante uno de sus semejantes. –Fue lo que se me ocurrió decirles, como último recurso, cuando me adentraba en la casa muy apesadumbrado, luego del incisivo y despiadado asalto de comando entrenado y coordinado de forma tan eficaz.
Después de ese incidente final, cuando les hablé con el corazón en la mano, como quien dice, a las dos semanas del hecho y cuando escribo esta historia, ya no me atacan. Y eso que he visto uno que otro por los alrededores, merodeando o vigilando. He llegado a pensar que, tal vez, pudo ser porque, después de todo, la cría se salvó. Lo reconocieron así, luego de las palabras que me salieron con toda la sinceridad con que pude habérselas dicho a cualquier humano. Intuyo que me entendieron entonces y me perdonaron finalmente.
Me inclino a aceptar que esto fue, porque, aun cuando las respuestas a esas interrogantes que me planteé por el ataque de los tordos negros no las conseguiría en ningún tratado enciclopédico, ni en trabajos de investigación para tesis de grado, ni en cualquier experiencia similar que le haya ocurrido a otra persona, el sentido común me indica que las relaciones entre las especies que pueblan el planeta, penden de un hilo muy precario, para mantener el equilibrio que sostiene el milagro de la vida y las interacciones entre sus organismos. Necesito hacerlo, además, y tenerlo siempre presente. No vaya a sufrir otro ataque artero por parte de esos tordos negros.

https://twitter.com/RodriguezTico

Víctor Celestino

2018-08-07