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Simientes de Igualdad

Simientes de Igualdad

Autor

Jorge Fernández Crespo

Genero/s

Novela, Histórico

Sinopsis

¿Sabían ustedes que, tras la vorágine revolucionaria, Luis Felipe de Orléans, futuro Rey de los Franceses, permaneció de incógnito en La Habana con sus hermanos, el Duque de Montpensier y el Conde de Beaujolais, a finales del Siglo XVIII? La presente narración, a través de los recuerdos de un testigo excepcional, rememora los hechos vinculados con dicha estancia y analiza en retrospectiva las tumultuosas circunstancias que condujeron a dichos acontecimientos.

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Resumen personal

jorgefc

ASPECTOS CURIOSOS RELACIONADOS CON LA OBRA, CON EL ARGUMENTO Y CON EL PROCESO DE ELABORACIÓN.
La idea de escribir esta novela surge mientras me encontraba cursando estudios en la Alianza Francesa de La Habana y coincidentemente cayó en mis manos un vetusto libro de “Historia de Cuba” donde la visita de los hijos de Felipe Igualdad a la urbe caribeña constituía apenas una referencia de dos o tres líneas.
En aras de profundizar mi conocimiento sobre aquel vínculo histórico que relacionaba a mi país natal con la cultura objeto de mi aprendizaje por entonces, me di a la tarea de recopilar información sobre la familia del Duque de Orleáns y los hechos históricos vinculados a todos ellos, así como sobre la vida y costumbres de los habitantes de la isla de Cuba en el período histórico donde se enmarca la mencionada visita.
La obra, en cierta medida, intenta llenar los vacíos informativos de los libros históricos sobre el tema, y para hacerlo, se apoya en referencias culturales extraídas de diversas fuentes, tales como la literatura francesa previa a la época de los hechos, las historias de vida de los intelectuales, políticos y religiosos que desarrollaron actividades en o vinculadas a la Cuba contemporánea de los personajes, los hechos históricos más significativos de entonces, las usanzas y tradiciones más extendidas y populares, la mitología afro-caribeña y las leyendas asociadas a esta, los debates filosóficos en boga en aquel momento, las descripciones de la geografía, la flora y la fauna locales, en resumen, la pasión por el conocimiento irradiada por los enciclopedistas franceses que a su vez influyó en gran medida en los acontecimientos conducentes a la Revolución Francesa, con su consiguiente impacto posterior sobre el pensamiento y la cultura occidentales.
La obra intenta además reflexionar sobre los diferentes tipos de relaciones familiares e interpersonales, así como los factores externos e internos, objetivos y subjetivos, que pueden influir sobre el curso de las mismas; todo ello en un contexto donde el objetivo final, similar al de los enciclopedistas franceses, es que los lectores adquieran conocimientos a través de lecturas que a la vez les proporcionen entretenimiento.

La obra se compone de un exordio, 26 capítulos y un epílogo.

A continuación les presento un fragmanto inicial del exordio o introducción de la novela:

__________________________
EXORDIO

El árbol de Memoria se yergue solitario sobre la frontera donde lindan las tierras de realidad vivida con aquellas de existencia soñada. Las raíces succionan de ambos campos, diluidos por la lluvia de tiempo, los nutrientes que fortalecen el tronco y propician el despliegue de ramas donde fabrican nidos los mudables pájaros de encuentros o despedidas; nutrientes que se manifiestan en las hojas, brillantes como buenos recuerdos instantáneos o desgarradas como errores irreparables. A veces, un transitorio viento de olvido arranca algunas de estas hojas y las disemina en los alrededores del árbol sobre uno u otro terreno. A veces, al emigrar de forma intempestiva, los pájaros provocan la caída. La desintegración y posterior unión a las dos superficies se constituyen en agentes generadores de la contaminación creciente de cada tierra con elementos de la antagónica, presentes en las hojas de evocación asimiladas. Así, mientras crece el árbol, desaparece la frontera sobre la cual germinó la simiente de origen y el follaje se torna expresión veraz de la afable confusión entre los recuerdos de la realidad vivida y aquellos de la existencia soñada.
A la sombra de mi árbol de Memoria evoco aquella tarde veraniega del año de Nuestro Señor de 1798, en la que se podía escuchar el aletear de las mariposas alrededor de la casa campestre, erguida sobre una pequeña elevación colindante con el poblado de Nuestra Señora de la Asunción de Guanabacoa, sobre la ribera opuesta a la Villa de San Cristóbal de La Habana, en la bahía homónima.
La casa y los terrenos aledaños pertenecían a doña Leonor Espinosa de Contreras y Júztiz, condesa de Gibacoa, quien había cedido temporalmente el disfrute de estos bienes a los príncipes de sangre franceses, duque de Orleáns, duque de Montpensier y conde de Beaujolais.
En los meses de mayo a septiembre, con la intensificación de las lluvias, las condiciones de insalubridad en los arrabales habaneros propiciaban la aparición de epidemias de disentería y fiebre amarilla. La más selecta sociedad habanera de la época escapaba hacia las propiedades situadas al otro lado de la rada, sobre las colinas entre los poblados de Regla y el ya mencionado de Guanabacoa.
Muy temprano en la mañana el mayor de los hermanos, duque de Orleáns, acompañado por su ayuda de cámara, había cruzado en barca las apacibles aguas de la bahía habanera para reunirse con el Capitán General de la Isla de Cuba, conde de Santa Clara, a quien acompañaría en la supervisión de unos ejercicios militares que debían celebrarse en el campo de Marte.
El duque de Montpensier guardaba cama con fiebre y fatiga, que le aquejaban desde días anteriores. El hermano menor, conde de Beaujolais, había decidido permanecer junto al enfermo mientras durara el padecimiento.
Ahora Montpensier dormía; la fiebre había cedido. Beaujolais abandonó la habitación en penumbras y pidió a la sirvienta que le preparase un baño. La condesa de Gibacoa, quien tan gentilmente había ofrecido sus mejores propiedades en calidad de alojamiento durante la estancia de los nobles europeos en la isla de Cuba, proporcionaba además la servidumbre y corría con los gastos de mesa. La amable señora había asignado una peculiar asistente a los invitados: se trataba de una bella joven parda que respondía al nombre de María de la Caridad, esclava casera nacida bajo la égida de la condesa. En los meses transcurridos tras la llegada de los jóvenes franceses, los más bisoños se habían percatado de la inusual buena educación de la sirvienta y, poco a poco, comenzaron a establecer nexos de amistad con ella que sólo se revelaban cuando ninguna otra persona se encontraba presente, tal vez con la única excepción de otro pequeño siervo negro de unos diez años de edad, en extremo débil de constitución y mudo por más señas, a quien llamaban Lázaro Tomás, quien no se separaba de María de la Caridad sino para cumplir los encargos de ésta, su protectora.
La muchacha dispuso que otros esclavos domésticos llenaran la bañera con agua tibia. Trajo después una cesta de flores blancas, cuyos pétalos comenzó a esparcir sobre la tina hasta cubrir por completo la superficie líquida con una suave nata vegetal de exquisita fragancia.
Cuando Beaujolais ingresó en el cuarto de baño, pensó primero que le habían preparado un baño de leche como a una antigua emperatriz romana, mas al acercarse, se percató de los blancos pétalos florales, y esto trajo a su memoria los paseos que realizaba durante la no tan lejana infancia, junto a su preceptora la señora de Genlis, por las avenidas parisinas bordeadas de tilos, los cuales comenzaban a florecer a finales de junio. Con los caprichosos vientos del verano, los árboles derramaban sus brotes amarillentos sobre los paseos peatonales. Una vez, pidió a la señora de Genlis que lo dejara caminar descalzo sobre aquel mullido y oloroso lecho, y esta no sólo se lo había permitido, sino que además se había descalzado ella misma y había incitado a los otros hermanos a que la imitasen, al tiempo que exclamaba: ¿Y si la fragancia del tilo pudiese atravesar la piel y ascender hasta tomar posesión del cuerpo para curarnos de cualquier mal?
— Estos pétalos, ¿a cuáles flores pertenecen?— preguntó el europeo.
— A diferentes tipos de jazmines y a otra planta llamada mariposa, cultivada en la finca desde hace pocos años —respondió la criolla.— Sobre la cesta quedan algunos ejemplares aún sin deshojar.
— No la conocía; es cierto que por la forma se asemeja a un enjambre de mariposas blancas posadas sobre el tallo verde.
Según explicara el ama a la esclava, los bulbos de esta flor fueron traídos de la Cochinchina a la isla de Guadalupe por un navegante francés. Poco a poco el cultivo se expandió a las islas aledañas hasta que llegó a Cuba, donde devino la flor favorita de las féminas por aunar a la novedad, la belleza a la vista y el seductor aroma al olfato.
María de la Caridad se excusó y abandonó la habitación, no sin antes indicar al pequeño Lázaro Tomás que ayudara al joven amo a desvestirse, así como a alcanzarle la bata de baño, una vez concluidas las abluciones.
Beaujolais se desnudó y se sumergió en el templado contenido de la bañera esmaltada. Lázaro Tomás estaba habituado a esta ceremonia que los tres hermanos repetían a diario. El primer día, la curiosidad infantil había despertado, traviesa, ante la transparencia de aquellas carnes que dejaban al descubierto en algunos lugares la red de venas azuladas bajo la piel. ¿Sería cierto que la sangre de los nobles era azul y no roja como en el resto de los mortales? Cualquiera fuese el color de su sangre, estos amitos eran bondadosos, lo protegían, y hasta se habían propuesto enseñarle a leer y escribir; sobre todo el bueno de Montpensier, quien en esos momentos se encontraba indispuesto. Beaujolais era muy delgado, aunque no tanto como el hermano mediano, y gracias a una amable expresión facial aún conservaba el aspecto de cándido adolescente.
— ¡Lazarito, ven acá! Toma aquella esponja y frótame la espalda — ordenó con tono burlón.
Era la primera vez que el amito solicitaba tal servicio; en las ocasiones anteriores, nunca había necesitado ayuda para tomar el baño. Al niño no le agradó el aspecto de la suave esponja, pescada frente a las costas de una vastísima propiedad de su ama, la señora condesa de Gibacoa. Cuando la tomó entre las manos, el francés en tono de chanza le dijo que un macao podría salir por uno de los orificios y morderle un dedo; la evocación del cangrejo ermitaño en actitud hostil hizo que el consternado infante dejase caer la esponja y abandonase la habitación en busca de su bienhechora. Minutos después entraba ella en el cuarto de baño. El bromista se apresuró a emitir una excusa:
— El niño se asustó. Es muy pequeño para este servicio.
— Yo le frotaré la espalda, mi amo.
— ¿Y si alguien nos ve? ¿No resultaría comprometedor para una doncella?
— Su merced dispone y yo obedezco: esta no es más que una obligación de esclava.
— Señorita María de la Caridad, una vez más le prohibo el tratamiento de amo cuando estemos solos. ¿Acaso no le hemos demostrado con creces mi hermano Montpensier y yo que aborrecemos esa condición? ¿Acaso no le hemos brindado nuestra sincera amistad? Suficiente tristeza nos causa la imposibilidad de oponernos en público a la esclavitud, dadas las obligaciones impuestas por nuestra condición de refugiados, unida a la dependencia de la generosa conmiseración mostrada por la señora condesa de Gibacoa.
Beaujolais miró a los ojos de la interlocutora y esbozó una sonrisa maliciosa:
— ¿O acaso lo hace usted para provocarme?
— Nada más lejos de mi intención, Su Merced— contestó la joven, bajando la vista.— Por mi parte no tengo quejas de mi ama. Para mí constituye una gran suerte haber crecido bajo su protección desde mi nacimiento.
— ¡No vaya hacia el otro extremo! ¡Usted no sabe lo que es vivir en libertad! ¡Hacer lo que dicte la conciencia sin tener que rendir cuentas a nadie! ¡Convertirse en el dueño de su propio destino!
El entusiasmado joven golpeó la superficie acuática con el puño cerrado e hizo ademán de incorporarse, mas la esclava lo atajó al tiempo que cubría los ojos con las manos:
— ¡No salga del agua, Su Merced!
...

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jorgefc

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2019-03-28

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